La Jornada Semanal, 16 de enero de 2000



Angel de la Vega Navarro

La universidad francesa después del '68

Angel de la Vega Navarro utiliza un epígrafe de Laurent Schwartz como una introducción que da sentido a su magnífico análisis sobre la universidad francesa: ``No existe una buena sociedad sin una buena Universidad: más cae esta última, más decae toda la sociedad.'' En este ensayo se hace el elogio de la Universidad Pública y se explica cómo la imaginación francesa y su sensatez cartesiana intentaron soluciones nuevas y audaces para los problemas creados por ``los reflejos conservadores'' de una muy vieja Universidad. Ojalá que este testimonio sea útil para reflexionar sobre las perspectivas de transformación de la UNAM. El artículo del maestro De la Vega ``se limita a presentar el proceso de creación de nuevas universidades que se dio en Francia después de los acontecimientos de mayo''. Ojalá que la UNAM inicie pronto, y funcionando en pleno, estos ``recuerdos de su porvenir''.

No existe una buena sociedad sin una buena universidad: más cae esta última, más decae toda la sociedad.
Laurent Schwartz

La universidad francesa, como la república, se encontraba centralizada en vísperas del movimiento estudiantil de 1968. A partir de entonces la una y la otra han pasado por procesos de descentralización y de cierta autonomización; en el caso de la segunda sobre todo a partir de 1981, con la victoria de la izquierda en las elecciones presidenciales de ese año y las iniciativas de regionalización.

La transformación de la universidad francesa después de los acontecimientos de mayo del '68 es ahora una fuente de inspiración en la búsqueda de vías de solución a los problemas planteados en el actual conflicto universitario. Resulta útil, entonces, conocer mejor lo que sucedió en Francia, teniendo claro que ningún proceso de transformación puede trasplantarse de una realidad social a otra.

Las transformaciones de la universidad francesa no pueden entenderse sin hacer referencia a la situación en la que ésta se encontraba al iniciarse la segunda mitad de los años sesenta. En qué consistieron las medidas tomadas después de 1968, cómo evolucionaron desde entonces y qué resultados han tenido son preguntas que es importante responder si se considera que tales medidas pueden ser una fuente de inspiración. Este artículo se limitará a presentar el proceso de creación de nuevas universidades que se dio en Francia después de los ``acontecimientos de mayo'' y que parece interesar particularmente ahora en México.

Cabe señalar que la Sorbona no es sinónimo de universidad francesa, ni entonces ni ahora: si antes de 1968 existía la Universidad de París o la Universidad de Grenoble, ahora existen las universidades de París I, II, ... hasta XIII; las universidades de Grenoble I, II y III, y las de Montpellier con numeración similar, así como varias más en diversas ciudades. Cada una de esas universidades tiende ahora a tomar, además de su respectiva numeración, el nombre de un personaje ilustre de la vida académica, literaria o política de Francia (Pierre et Marie Curie, Stendhal, Pierre Mendés France, etcétera) o a mantener vivos los mitos de manera compartida: Universidad Panthéon-Sorbonne (París I), Universidad París-Sorbonne (París IV), Universidad de la Sorbonne-Nouvelle (París III), etcétera.

Una precisión más antes de entrar en materia: el sistema de enseñanza superior en Francia no se limita a las universidades; incluye además, y de manera muy importante, las ``grandes escuelas'' -l'Ecole des Mines, l'Ecole Polytechnique, Ecole Nationale d'Administration y l'Ecole Normale Supérieure, entre otras- que basan su funcionamiento en métodos de selección particularmente exigentes. En años recientes se ha desarrollado además un subsistema de enseñanza superior técnica y tecnológica. En 1997, 2.1 millones de estudiantes estaban inscritos en el conjunto del sistema de enseñanza superior francés (62% de los cuales eran estudiantes universitarios), mientras que en 1980 sólo había 1.2 millones y 310 mil en 1960. De manera adicional, en el campo propiamente de la investigación, se encuentra el CNRS (Centro Nacional de Investigación Científica) con su red de laboratorios, algunos de ellos funcionando dentro de campus universitarios pero con sus propias normas, personal y programas.

En Francia existían alrededor de cien facultades en cinco áreas clásicas: derecho, medicina, ciencias, letras y farmacia, encuadradas por veintitrés universidades repartidas geográficamente. Esas facultades constituían la unidad de base del sistema y cada una de ellas reunía desde algunos cientos de estudiantes hasta varios miles: existían algunas con 800 estudiantes y otras llegaban a 30 mil. Cada universidad sólo podía tener una facultad por cada uno de los grandes grupos de enseñanza arriba señalados.

Tal sistema tenía varios defectos: En un plano humano y pedagógico las facultades podían representar unidades demasiado vastas, por ejemplo, para acercar a sus miembros a los niveles de decisión. Esto era particularmente evidente cuando se trataba de facultades con 20 o 30 mil estudiantes. En estos casos, también existían problemas desde un punto de vista administrativo para la gestión de los recursos humanos y materiales.

La organización de las facultades era muy deficiente desde el punto de vista de una gestión democrática, reivindicación que por aquellos años recorrió la universidad francesa, como muchas otras en el mundo. Esta situación era conocida en Francia como el sistema de los ``mandarines'': cada facultad era dirigida prácticamente sólo por los profesores titulares -virtuales dueños de por vida de una cátedra- a los cuales se asociaba en algunos casos la categoría inferior de los ``maestros de conferencias''. El decano de cada facultad era elegido por los profesores y éstos tenían amplias prerrogativas en la organización y contenido de la enseñanza.

Los poderes básicos del sistema universitario estaban esencialmente centralizados en el Ministerio de la Educación en París, tanto desde el punto de vista académico como del financiero.

Las Facultades eran compartimentos disciplinarios estancos. Esta situación hacía muy difíciles los contactos e intercambios entre disciplinas, ya que las líneas de enseñanza representadas en las facultades eran demasiado especializadas y rígidas. Difícilmente un estudiante de derecho podía seguir cursos de psicología o uno de medicina iniciarse en las cuestiones económico-sociales tan importantes para entender muchas cuestiones relacionadas con la problemática de la salud o de la enfermedad.

La anterior organización de la universidad francesa fue violentamente cuestionada en mayo del '68, al mismo tiempo que varios otros aspectos de la sociedad francesa, sobre todo desde un punto de vista democrático. ``Diez años ya bastan'', le gritaron los estudiantes al general De Gaulle, que había llegado al poder en 1958 y que había desarrollado o mantenido ciertos aspectos autoritarios en la gestión gubernamental.

Apenas seis meses después de los acontecimientos de mayo, el parlamento definió de manera unánime las grandes opciones de la reforma universitaria. La Ley Faure -conocida así por el apellido del ministro que la impulsó- se propuso básicamente crear nuevas universidades con un mayor grado de autonomía, de cogestión y de posibilidades disciplinarias. Algunos pasajes de esa ley mantienen su fuerza y vigencia:

La mencionada ley contenía principalmente las siguientes disposiciones: Fueron creadas nuevas universidades -que deberían contener entre 8 y 15 mil estudiantes cada una- para agrupar Unidades de Enseñanza y de Investigación (UER). Sesenta y cinco universidades fueron creadas así (trece en París, cuarenta y tres en provincia, nueve centros universitarios de tamaño más reducido y cinco establecimientos públicos independientes), aunque esto no significó necesariamente la creación de nuevos campus o instalaciones y equipos universitarios. Muchas veces en el campus ya existente se rebautizaron las instalaciones y facultades o se definieron fronteras de tipo organizativo para el nacimiento de las nuevas universidades.

Una nueva unidad de base: las UER. Estas resultaron de una reorganización de las anteriores facultades en entidades que deberían agrupar alrededor de mil estudiantes. Fueron creadas 720 UER.

Desde el punto de vista de una cogestión más avanzada, las UER y las universidades pasaron a ser administradas por consejos elegidos con la participación de docentes, estudiantes, investigadores y personal administrativo. Esos consejos nombrarían en adelante a los presidentes de cada universidad (cinco años) y a los directores de cada UER (tres años). Miembros exteriores a las universidades podrían participar en los consejos de las universidades y de algunas facultades: empresarios, sindicalistas, personalidades de la vida local, etcétera.

La nueva ley otorgó a las nuevas universidades una autonomía en varios campos: administrativa (órganos de gestión electos), pedagógica (programas, modalidades de enseñanza, control y verificación de la adquisición de conocimientos) y financiera (libre utilización de las dotaciones presupuestales otorgadas por el Estado).

La pluridisciplinariedad debía alcanzarse mediante la reunión en el seno de una misma universidad de varias UER, es decir de temáticas diversas, susceptibles de integrarse en nuevas y múltiples líneas de enseñanza y de investigación. La ley preveía, además, un sistema de convenciones para desarrollar intercambios científicos y pedagógicos entre las nuevas universidades.

La constitución de las nuevas universidades tomó en Francia poco menos de tres años después de los acontecimientos de mayo del '68, ya que iniciaron sus actividades el 1 de enero de 1971, según diferentes esquemas organizativos: En las ciudades pequeñas o medianas con pocos estudiantes simplemente se reunieron en una nueva universidad las facultades tradicionales ya existentes.

En donde el número de estudiantes requería la creación de varias universidades se realizaron agrupamientos que teóricamente deberían haber tenido como base proyectos académicos comunes. Así sucedió en algunas universidades tanto en París (I y VII) como en provincia (Ciencias Sociales en Grenoble II). Muchas veces se dieron combinaciones que parecían la simiente de posibilidades interdisciplinarias nuevas, pero que no tenían realmente fundamentos académicos sino otro tipo de arreglos: Letras-Derecho (Lyon II), Letras-Ciencias (Aix-Marseille I), Ciencias-Medicina (Lyon I, Toulouse III, Grenoble I), Ciencias-Derecho (Bordeaux I), Derecho-Medicina (Aix-Marseille II, Montpellier I, Lille II), Derecho-Ciencias-Medicina (Rennes I).

En algunos casos, a pesar de que esa solución era contraria a la ley de orientación, algunas facultades fueron pura y simplemente transformadas en universidades con algunas adiciones menores. Tal fue el caso de Letras en Lille III, Toulouse II, Rennes II y Derecho en Toulouse I. Incluso se dieron casos en que nacieron universidades menos pluridisciplinarias que las anteriores facultades de Letras que las antecedieron: París III, París IV, Grenoble III, Strasbourg II; o de Derecho: París II, Strasbourg III.

No solamente la creación de las nuevas universidades y de las nuevas unidades de base encontró problemas como los señalados, provenientes muchas veces del peso de las antiguas facultades, sino que también las nuevas formas de gobierno no respondieron a las expectativas para darle una nueva coherencia global a las nuevas universidades. Tal es el caso del papel del ``Presidente de Universidad'' que debería tener poderes reales sobre la organización del conjunto de UER y que en los hechos debió enfrentarse a una pronunciada fragmentación de unidades que mantenían poderes reales importantes.

Un mejor conocimiento de los procesos de reformas que se han efectuado después de fuertes movimientos universitarios, de sus alcances, de sus condiciones y limitaciones es útil para reflexionar sobre las perspectivas de transformación de la UNAM.

La reforma realizada después de 1968 en Francia, mediante la creación de nuevas universidades estructuradas a partir de nuevas unidades de base y dotadas de un mayor grado de autonomía, permitió hacer frente a una multiplicación sin precedente del número de estudiantes. El sistema universitario francés recibe ahora 1.3 millones de estudiantes, mientras que esa cifra se elevaba a 790 mil en 1980. En cuanto al número de docentes, pasó de 3,500 (entre los cuales 1,028 con el rango de profesor) en 1950 a 69,000 en la actualidad (entre los cuales 17,500 profesores). La reforma, sin embargo, no dio paso a un nuevo sistema capaz de enfrentar los desafíos que ya aparecían en el horizonte, en el ámbito europeo y en la economía mundial. La partición o separación de las antiguas facultades para crear nuevas unidades no resultó la ``solución-milagro'' que conduciría a una nueva universidad. Prueba de lo anterior es que durante las tres décadas que han pasado desde 1968, de manera recurrente y desde varias perspectivas se señala que la universidad francesa se encuentra en crisis, situación que no es única en el concierto europeo. ¿Hasta dónde esto se explica porque después de 1968 se perdió la oportunidad de una reforma de fondo o bien porque las transformaciones concebidas por la Ley Faure no fueron correctamente aplicadas?

Por un lado, algunos de los principios sobre los cuales reposaba el anterior sistema se mantuvieron incólumes a pesar de los cambios que introdujo la nueva ley. Dos de ellos se mantienen así hasta la fecha: evitar la selección a la entrada, ya que el bachillerato es considerado el primer diploma universitario (aunque en los hechos varias universidades han introducido criterios más o menos encubiertos de selección) y la competencia entre las universidades. Esta última hubiera podido, sin embargo, ser considerada como una consecuencia normal de la creación de universidades realmente autónomas, sobre todo desde el punto de vista del contenido de los programas académicos y de la libre elección de los estudiantes para inscribirse en una o en otra. Se ha tratado, no obstante, de evitar la competencia mediante una serie de medidas relacionadas sobre todo con el nombramiento de los docentes en diferentes niveles y con los requisitos para la obtención de los diplomas. Fundamentalmente se ha tratado de evitar una desigualdad entre las universidades, sobre todo desde el punto de vista de una diferenciación pronunciada de los niveles académicos y del acceso a la universidad, aunque se ha dado de manera más o menos subrepticia.

Ahora se presenta como inevitable una mayor autonomía que necesariamente conducirá a formas de competencia entre las universidades para atraer a buenos profesores, investigadores, estudiantes y más recursos financieros. De hecho ya se ha adoptado una ley en ese sentido, pero aún es temprano para conocer su aplicación y resultados sobre los niveles de calidad de las universidades. Es probable que, adicionalmente, se requieran nuevos arreglos, regulaciones y procedimientos internos, además de una nueva ley.

Por último, en lo que respecta a las formas de aplicación de la ley de 1968, Edgar Faure -un ``radical-socialista'' de la vieja cepa de la IV República- duró como ministro de educación el mismo tiempo que le quedó al general De Gaulle en el poder después de mayo '68: once meses. Un tiempo insuficiente para aplicar una reforma de tan largo alcance que muy rápidamente se topó con los reflejos conservadores de una muy vieja universidad.