La Jornada Semanal, 9 de febrero de 1997


De memoria

Pacho

Baterista de insólitos ritmos verbales, Pacho es responsable de las tarolas y los platillos del grupo La Maldita Vecindad y autor del libro El rock mexicano. Los sonidos de la calle. En esta nueva crónica para La Jornada Semanal, se ocupa del grupo teatral austriaco Carpa Theater (del movimiento de autogobierno WUK) que se presenta en el teatro El Galeón, y ofrece una bitácora personal del siempre agitado viaje de La Maldita Vecindad.



I

Nunca pensé que alguien se animara a salir con ese clima, Ƒquién desearía ir a los conciertos de un grupo desconocido en pleno invierno? Era el mes de febrero, el frío calaba, tocábamos por distintas ciudades en bares minúsculos. Viajábamos en tren, era díficil movernos, subir o bajar el equipo en los dos minutos que el ferrocarril se detenía en las estaciones, pero cada día nos iba mejor, vimos que los lugares se llenaban y conocíamos a muchísima gente, el frío no nos importaba. Al fin llegó, o llegamos, a la primavera. Para junio rolábamos ya en dos camionetas, una atiborrada de equipo, con Aldo o Bert al volante (un amigo asiático-holandés con los brazos llenos de tatuajes), y en la otra Claudio, Sergio y Martín del estaf, que nos habían alcanzado desde México, así como Günther, nuestro road manager durante toda la gira por Europa, más el resto de la banda.

El estéreo a todo volumen: Roco improvisaba una cama hasta atrás de la camioneta, dormía encima de las maletas. Otros iban acostados en el piso, entre las piernas de los que estaban sentados. Yo en el asiento de enfrente, entreteniéndome con las rayitas de la carretera hasta hipnotizarme, o haciéndole la segunda a Günther en la manejada. Ahora también tocábamos en multiforos más grandes.


El WUK, en Viena, vista de la cafetería al aire libre

El 7 de junio de '93 estacionamos los autos junto a un canal de Amsterdam, entramos al hermoso edificio de Paradiso, hicimos la prueba de sonido y platicamos con Jaap Zondervan, programador de los espectáculos en ese mítico espacio que existe desde los sesenta. Mis preguntas incendiadas contrastaban con el tono pausado de Jaap, Ƒcómo podía estar tan tranquilo hablando sobre squatings, movimientos culturales y la vida en esa Catedral de la Utopía vuelta realidad? En su relato no había el menor asomo de orgullo contracultural, sino una naturalidad exasperante para alguien que esa noche iba a tocar por primera vez en Paradiso, Ƒqué había de natural en ello? Para Jaap todo, así que comenzó a caerme medio gordo; nunca logré descubrir en él un entusiasmo parecido a la comunión histórica que, según yo, debía de respirarse en ese lugar. Paradiso llevaba ya tantos lustros presentando a grupos famosos y desconocidos, que los holandeses lo ven con una naturalidad envidiable.

II

En el verano nos invitaron a tocar en festivales masivos, fiestas inmensas, maravillosas; tenían varios escenarios al aire libre para conciertos simultáneos: Roskilde (Dinamarca), Sunstroke (Irlanda), Gürten (Suiza), entre otros. El contraste con los pequeños bares resultó extremo: eran enormes maquinarias que parecían conjugar la alternatividad con el show biz, si es que esto es posible. La producción semejaba una banda de ensamblado, cada grupo empezaba sin retrasos, justo cuando el segundero llegaba a la hora marcada en un reloj detrás del escenario. El festival de Rock am Ring en Alemania no tenía espectáculos simultáneos sino dos enormes escenarios contiguos que agilizaban los cambios de sets; mientras en uno tocaba un grupo, en el otro se hacía la prueba de sonido del próximo. Los backstages eran impecables, su movimiento recordaba la base espacial de Encuentros Cercanos: trailers, restaurantes, bares, camerinos, áreas para prensa y zonas reservadas a los músicos, una tranquila hilera de campers con mesitas donde las bandas convivían o se sumían en su mutismo. Agotados, felices o acostumbrados por las giras, Hothouse Flowers, Sonic Youth, Belly, Hole, Leonard Cohen, Daniel Lanois, Madness, Radiohead, etcétera, bebían cerveza o charlaban antes de entrar al escenario.

Como recién llegados al circuito de los megaconciertos, nos sorprendíamos de todo pero, por lo que íbamos viendo, estar de gira era algo distinto ųy mucho más complejoų al glamour que transmiten las revistas especializadas. Los circuitos de la megaindustria son como un gran mecanismo del cual algunos no saben escapar; largas esperas en aeropuertos y lobbies, eternos carreterazos en autobuses privados, comidas a deshoras, promociones, entrevistas, conciertos seguiditos en ciudades distantes, o días libres de pronto, pero no en París o Londres, sino en pueblitos de nombre impronunciable, en algún punto intermedio entre el lugar donde tocaste al último y el siguiente, por aquello de la logística, es decir, en medio de alguna ensoñadora campiña donde sólo hay graciosas florecitas, tractores y vacas pasmadas. En fin, para las bandas es imposible describirlo y arrogante o absurdo estar quejándose, así que no se habla mucho al respecto, sólo te preguntan cuánto llevas de gira y lo demás se sobreentiende. El límite tolerable parecía ser de tres meses, según el baterista de Daniel Lanois, pero los de Faith no More rompían el récord de aquel verano: tenían más de un año rolando. Jim Martin, el guitarrista, me contó que habían prolongado su gira porque les ofrecieron la vacante de los Red Hot Chili Pepper cuando, a última hora, cancelaron su tour de 1993, a raíz de la enfermedad de Flea. Big Jim ya no veía para cuándo regresar a los EU, tal vez por eso se encerraba en su autobús solitario, donde a veces platicábamos, amigable pero con un aire resignado en sus palabras.

Alternamos varias veces con Faith. En una ocasión me los encontré en el aeropuerto de Londres, la noche anterior habíamos tocado en Italia y ellos en otro país; ambos grupos esperábamos distintas conexiones hacia Dublín para actuar en Sunstrocke esa misma noche. Eran las seis de la mañana y sólo estaba abierta una tiendita de souvenires; trasnochado, yo le daba vuelta a un estante de corbatas sin verlas ųen realidad nunca las he usadoų; de pronto, reconocí frente a mí la cara de Jim, que miraba igualmente las corbatas sin enfocarlas, Ƒqué otra cosa podíamos hacer a esas horas en semejante sitio?; me saludó y fuimos hacia su grupo, estaban sentados como sonámbulos: "ƑAdónde van?", "A Dublín", sonrieron. "ƑAh sí?, allá nos vemos"...

Lo único que le da sentido a esos largos tiempos muertos, al decir de algunos, son los escasos sesenta minutos que se está en el escenario o, para los más radicales, ni siquiera tanto, ya que el verdadero momento de plenitud donde tu instrumento, tu alma, tu banda y el universo se conectan, a veces se logra, apenas, en una o media rola, por más que repitas frenéticamente el mismo repertorio durante meses, decían. Mucho se escribe sobre las recientes muertes de roqueros por suicidios o adicciones a las drogas, como si se tratara de gestos contestatarios de nuevas leyendas: Kurt Cobain, Kristen Plaff, Shanonn Hoon, Jonathan Melvoin. No es asunto que me interese discernir, pues quizá nadie sabrá cabalmente la causa profunda de sus muertes, pero hay algo que me hace descreer de tales visiones glamorosas. "ƑQué les pasa a las almas creativas e intensas de los rockeros?", se pregunta Bernardo Esquinca;(1) recordando los rostros de Faith esa madrugada, parece que, al menos ellos, padecían una simple sobredosis de sonambulismo y aburrimiento en los circuitos del megamercado. Por mi parte, a esas horas habría dado mi vida por una cuba de Bacardí y Cocacola para prenderme, en lugar del calcetinazo de cafeína que ofrecía una flamante maquinita. En tal obnubilación, uno puede acabar comprándose hasta una corbata con la bandera inglesa.

III

Fuera del backstage, es decir, del otro lado del escenario, el absoluto desmadre; acaso un "paraíso" de la tolerancia: puestos de comida, tatuajes, piercing, artesanías, discos, ropa, organizaciones como Amnistía Internacional o Greenpeace ųentre las más conocidasų, facilidades para acampar, letreros que avisaban "usa condón" o "no compres droga a desconocidos, puede estar adulterada", foros para espontáneos, espectáculos paralelos de todo tipo, jardín de niños, circo, cine al aire libre y una audiencia donde se mezclaban las familias más convencionales con las subculturas cofrádicas; según el país, travelers, bikers, tribes, ravers, squaters, modern primitives, poshippies, punks, darks, híbridos, ecologistas, activistas, autónomos, estudiantes, homosexuales, en fin, el universo. Una fauna de todas las edades, generaciones culturales, disidencias colectivas o individuales, es decir, incluso aquellos que no disienten. ƑTodo eso logra la música? La música y el sol: poco a poco la ropa va desapareciendo y con ella las insignias de los distintos escuadrones subculturales; lo que queda es la sudorosa piel multicolor, los bizarros maquillajes corridos y el baile, último rasgo identificable de la identidad cofrádica: del eslam al bamboleo, la masa es enorme. Después de nuestro set nos íbamos a rolar por todas esas instalaciones, cotorreando con la raza más diversa.

En Glastonbury, por ejemplo, le dimos aventón a una hermosa chava vestida de negro, una modern primitive pero hard core ųƑse llamaría de esta forma a sí misma?ų; decía que ya no tenía sentido ponerse aretes en lugares expuestos a la vista, porque el piercing se había convertido en una moda; ahora pensaba quitarse todos sus pendientes, menos los que llevaba en las partes ocultas, lengua, ombligo, pezones, genitales. Parecía molesta porque el auge del piercing había colmado de advenedizos su territorio simbólico, como alguien que llega temprano a algún sitio y al rato se ve rodeado de gorrones; "el piercing ųdecíaų es algo personal, que tiene que ver con el dolor y con tu propio cuerpo... no es para verte linda".

ƑQué son los festivales masivos del verano europeo? Vistos desde los arquetipos sesenteros de muchos de los críticos de rock mexicanos, estos festivales no tendrían ni pies ni cabeza. ƑCómo está eso de que la Cocacola patrocine a estas islas de la diversidad subcultural? ƑDesde cuándo coinciden la contracultura y la gran industria del espectáculo? Un tema extenso, pero de cualquier suerte los festivales nos deslumbraban desde la perspectiva intolerante que padecemos en México...

IV

Después de los conciertos, toda esa heterogeneidad regresa a sus buhardillas o no-buhardillas para continuar con sus probables búsquedas: Ƒdónde se meten? En Viena tocamos dentro del festival Rock auf der Insel, que se celebra durante un fin de semana entero en un estadio de futbol. Después de tocar fuimos hacia el público, rolando con Claudia Mader, Anja y el mexicano Miguel Ángel Gaspar, que desde hace más de diez años participan en la compañía Carpa Theater de un foro independiente llamado WUK. Nos invitaron a visitarlos.

Llegamos al día siguiente y lo primero que vimos fueron unas extrañas bicicletas de ruedas cuadradas o formas risibles; especie de esculturas o instalaciones, pensamos, pero en verdad funcionaban, la gente se trepaba y jugaba con ellas; más tarde supimos que eran creaciones de un taller que, además de inventar extraños artefactos, reparaba bicicletas descompuestas con recursos "alternativos", es decir, baratos y usados, opción importante en esa ciudad bicicletera. Nos sentamos en unas mesas al aire libre para echarnos unas chelas y platicar con algunos locos que, después supimos, nada tenían que ver con la organización. En realidad, el WUK es un territorio magnético que atrae igualmente a los seres más curiosos o "dañados", quizá porque saben que en ese sitio encontrarán algo más que una tolerancia indiferente: la interlocución, como en un manicomio de puertas abiertas, según podría llamarlo Franca Basaglia.

El WUK era una inmensa construcción abandonada, donde alguna vez se fabricaron carros de ferrocarril y que a principios de los ochenta fue tomada por pintores y teatreros. La convivencia fue complicándose con la llegada de más grupos de artistas, así que tuvo que organizarse en torno a disciplinas. El resultado es un imbricado autogobierno que intentaré describir pues, si bien no elimina las contradicciones (y qué bueno), definitivamente ha permitido una coexistencia creativa durante más de una década.

La enorme organización está estructurada por secciones de danza, teatro, plástica, cine, video, música, grupos sociales (apoyo a asilados políticos, ecologistas, personas de la tercera edad), talleres de bicicletas, carpintería, cerámica, motocicletas, serigrafía, etcétera. Hay otra sección con escuelas que llaman "alternativas" (kinder, primaria, secundaria), y una sección completamente separada de las demás que agrupa a feministas y lesbianas, quienes pusieron a la entrada de sus salones un letrero donde se ve a un hombre encadenado del cuello que dice: "yo no puedo entrar", imitando aquellos avisos de los supermercados vieneses donde no se admiten perros. Todas estas secciones o disciplinas están organizadas libremente en su interior. Cada área tiene sus salas de ensayo y trabajo, además de distintos escenarios para montar espectáculos. Hay cines, galerías y varios foros donde se presentan performances, fiestas, teatro, danza y conciertos de rock, desde Nina Hagen, "hasta todo en el extremo más lejano de lo aceptable".

Existe una Oficina Central que coordina la programación de los grupos del WUK, y además administra el bar y un restaurante de lo que en alemán llaman "comida biológica". Esta Oficina está formada con gente contratada por concurso, además de los miembros veteranos del WUK que han pasado a especializarse en las funciones administrativas. Para contrarrestar la burocratización o el distanciamiento respecto a la cotidianidad creativa, hay un enlace entre esa Oficina y las áreas artísticas a través de dos consejos, uno integrado por delegados electos por cada disciplina y otro conformado por individuos autopropuestos, elegidos en asamblea general, lo cual evita que las mayorías monopolicen la toma de decisiones ante las minorías.

El WUK recibe subvenciones del Ayuntamiento de la Ciudad y del Gobierno Nacional; de hecho, sus siglas quieren decir algo así como "Casa de la Cultura", aunque es autogestionada. Los proyectos también deben buscar diferentes maneras de autofinanciarse pues, por más tolerante que parezca el gobierno vienés comparado con el mexicano, el creciente neoliberalismo llega a determinar la vida interna del WUK, a pesar de que su utopía busque resistirle. Nuestros amigos teatreros decían que su Oficina Central condicionaba cada vez más los porcentajes de subvenciones, dando mejores recursos a los proyectos si conseguían apoyos financieros de otras fuentes, o si garantizaban que convocarían a una audiencia mínima. Esto a los teatreros les parecía atentatorio contra la libertad de exploración artística pues, decían, un proyecto arriesgado no siempre va de la mano de la comprensión del público. Ellos deseaban aún más libertad para sus experimentos.

Debe de ser difícil convivir ahí, ciertamente, pero mientras más me platicaban de sus problemas, más me sorprendía lo que habían logrado. Nos contaron de los conflictos entre las pasiones filosóficas de cada actividad, como las discusionesentre la sección de los punks y la de las feministas. Yo me moría de la risa... Evidentemente, el autogobierno no resuelve los conflictos, menos en una comunidad tan grande, pero por lo visto da margen para que convivan todo tipo de consecuencias. Un aprendizaje de autogobierno que ha permitido su continuidad sin acartonarse o, en el otro extremo, ahogar las diferencias.

La palabra "alternatividad" abunda en el habla dentro del WUK. ƑQué es esto para ellos? "La alternatividad como palabra es vacua o pretenciosa", explicaron. "Lo alternativo del WUK no es un uniforme, tampoco una garantía de calidad, sólo la forma de llamar a lo que sigue otros caminos que no tendrían cabida en las instituciones culturales de Viena. Un espacio como el WUK permite la existencia de distintas comunidades artísticas que de otro modo no tendrían lugar para expresarse."

El WUK mantiene nexos con foros similares a lo largo de Europa, Amsterdam, París, Berlín, Italia, Escandinavia, etcétera, incluso Nueva York. Actualmente, la compañía Carpa Theater del WUK se encuentra en México presentando un proyecto apoyado por algunas instituciones vienesas, así como por el FONCA y el INBA de México. Me gustaría pensar que es el inicio de una relación más articulada entre ese foro y las escenas culturales de nuestra ciudad. De cualquier suerte, si alguien desea conocer algo de lo que se hace en aquel edificio extraño, puede ir al teatro El Galeón a ver la obra De Memoria, dirigida por Miguel Ángel Gaspar, con una de las muchas compañías que trabajan en el WUK y en la que, en esta ocasión, participan también varios mexicanos. Personalmente no conozco este trabajo, pero su presentación y su tema me han motivado para recordar nuestra gira por Europa, relatando a la distancia los experimentos de autogobierno del WUK.

V

Mucho es lo que puede criticarse de la combinación entre "alternatividad", gran mercado y la institucionalidad europea en la época del neoliberalismo mundial. Al menos, habría que comentar sobre los cuestionamientos que los mismos europeos se hacen al respecto, pero también es cierto que durante más de dos décadas ellos han podido explorar en la construcción de espacios alternativos e independientes. La situación en México es distinta: nunca transitamos por una democracia plural que posibilitara la autoorganizacion de la sociedad según la identidad de sus distintos sectores,2 y el neoliberalismo se impone reforzando un atávico autoritarismo.

VI

Tocar en Europa envolvió de un sentimiento épico nuestro trabajo. Además del instante musical, creíamos participar de algo verdaderamente importante, promisorio, Ƒen qué?, no nos importaba articularlo de antemano, lo vivíamos.

Todo fue de maravilla esos seis meses, los lugares donde tocábamos se llenaban cada vez más; finalmente llegamos a los festivales masivos del verano y sus superproducciones. Nuestra aventura alcanzó en unos meses lo que a otros les puede tomar años, aunque al inicio de la gira nadie se hubiera planteado una meta de este tipo. ƑAcaso eran los festivales masivos los que consumaban las promesas para nuestro grupo de rock? ƑO era el contacto con la raza y las contraculturas lo que más nos prendía?

Cuando llegamos a los festivales nos sorprendimos enormemente, pero algo se fue desdibujando en medio de un ritmo de trabajo y una gira que se prolongaba indefinidamente entre megaproducciones, aviones y carreteras, como si hubiéramos rebasado el futuro, encontrando una grieta por donde una voz sorda ordenara "lo que sigue, lo que sigue". ƑTodo había sido tan rápido y sorpresivo que nos faltaba tiempo para reposarlo? Después de tocar, muchas veces debíamos partir de inmediato al aeropuerto o a la autopista para llegar al próximo concierto; ya no podíamos conocer a tanta raza como al principio. Tal vez por eso, o todavía no sé por qué, sin darnos cuenta, después de tantos meses comenzamos a sentirnos raros, como en un ansioso zombismo.

Casi al final de nuestro viaje, tuvimos varios días libres en Amsterdam; alquilamos bicicletas y nos metimos por todos lados a beber cerveza y disfrutar la noche de esa ciudad colmada de aromas. Una vez fuimos a De Kroeg, un mini bar donde tocaba el excelente grupo Painting Over Picasso, aún desconocido pero que comenzaba a levantar comentarios por toda la ciudad; resultó uno de los conciertos más divertidos que he visto. Fue como un reencuentro con nosotros mismos dentro de una gira que ya parecía eterna. El lugar tenía un escenario casi al ras del suelo, tan pequeño que el grupo se mezclaba con la audiencia provocando su incendio; parecía una fiesta entre conocidos, Ƒcómo describirlo sin disminuir la emoción tan distinta de los conciertos masivos?... Painting Over Picasso reflejó lo que creíamos era el sentido de Maldita Vecindad: el gozo por el simple gusto de tocar. No es que en algún momento lo hubiéramos perdido, pero a esas alturas quizá se agradecía el poder recordarlo conscientemente.

VII

A la mañana siguiente de visitar el WUK de Viena, partimos hacia Berlín, un recorrido de cientos de kilómetros que esta vez haríamos en un autobús de dos pisos con camas, estéreo, televisión y un baño que, después descubriríamos, habría de resultar insuficiente... Nos trepamos felices al armatoste, también un poco crudos; ahora había espacio de sobra; nos sentamos en los primeros asientos del segundo piso, claro, y dijimos adiós a Miguel Ángel, Claudia y Anja, quienes nos habían ido a despedir. Era la última etapa de nuestra gira. Duraría todavía un par de meses.


(1) Bernardo Esquinca, "Es mejor quemarse que apagarse", en La Jornada Semanal, núm. 98, 19 de enero de 1997, p.13.

(2) En cuanto a la cultura juvenil, Ƒcuántos multiforos hay en nuestra ciudad de veinte millones de habitantes?, Ƒno los requiere ya nuestra diversa escena cultural?, Ƒcuántos han sido clausurados?, Ƒpor qué la Universidad, por ejemplo, ha rechazado autorizar que su comunidad estudiantil celebre tocadas en sus estadios? Recuérdense los desplegados de sus autoridades arguyendo que los estadios deben ser utilizados para lo que se construyeron, no para rock.