La Jornada 18 de junio de 1996

Relata el hoy subdelegado de la PJF la labor de un año que condujo a la captura del capo

Juan Manuel Venegas, enviado, y Jorge Alberto Cornejo, corresponsal /II y última, Tijuana, BC Ť; ``Qué bueno que sea usted. Estoy seguro que otros comandantes, ahora, hubieran querido tenerme cerca... para matarme'', dijo Juan García Abrego a Horacio Brunt Acosta, entonces director de Inteligencia del Instituto Nacional para el Combate de las Drogas (INCD) y actualmente subdelegado de la Policía Judicial Federal (PJF) en Baja California.

--¿A quiénes te refieres, Juan? --el capo de Matamoros fijó la mirada en su interlocutor.

--A algunos que hubieran querido estar en este momento.

No dijo más, el jefe del cártel del Golfo se limitó a agradecer al comandante policiaco ``no haberlo matado y por no meterse con su familia''.

Juan estaba convencido ``que el día que lo cercaran lo iban a matar'', dice Brunt en la primera entrevista que concede a un medio nacional.

--¿En qué quedó el poderoso cártel del Golfo? --se le pregunta.

Para Brunt Acosta ya no existe ``y si alguien intentara revivirlo le costará muchos, muchos años, los mismos que le llevaron a Juan organizarlo. Su poder, nadie lo tendrá... su actuación hizo historia y es parte de la historia reciente de este país. Su figura fue tema de discursos políticos, llegó a motivar decisiones del más alto nivel''.

De esa figura de Juan García Abrego, preso desde hace cinco meses en una cárcel de Houston, ``sólo queda la leyenda''.

Dos años tras la huella de Juan García Abrego

A finales de 1993, Brunt Acosta fue designado subdelegado de la Policía Judicial Federal (PJF) en Nuevo León. ``Cuando llegué a Monterrey ya andaba en esa ciudad el grupo de Eduardo Valle, El Búho, haciendo trabajo de Inteligencia, para ubicar a posibles miembros del cártel del Golfo.

``Realmente --reconoce-- nunca participé en ningún trabajo con la gente de Valle y él, como asesor del procurador de la República, no tenía por qué darnos información de sus actividades. El se reportaba a México y punto. Pero por la inercia del trabajo a mí me correspondió capturar a Carlos Reséndez Bertolouzi, que le manejaba el dinero a García Abrego en Nuevo León y Tamaulipas''.

Fue una casualidad. Cuenta que ``por enero o febrero'' de 1994, agentes de la delegación de Nuevo León detuvieron a ``unas personas en posesión de varios kilos de cocaína y cuando los interrogamos nos dijeron que la droga era propiedad de Reséndez. Que ellos se arreglaban con él''.

Reséndez Bertolouzi se amparó e incluso ``hizo un escándalo, presentándose como perseguido, pagando inserciones en El Norte de Monterrey y bueno, no pudimos detenerlo, hasta que en abril aprehendimos a otro presunto narco que llevaba en una maleta unos 250 mil dólares.

``Con las declaraciones de este sujeto fue como pudimos solicitar la orden de aprehensión en contra de Reséndez, quien aceptó, incluso públicamente, su relación con Juan García Abrego, aunque negó ser miembro del cártel.

``Así me involucré en el caso García Abrego, y como Valle ya se había regresado a México, empecé a recabar información para mí, hasta darme cuenta que Juan tenía residencia permanente en Monterrey desde hacía por lo menos cuatro años''.

Brunt rechaza hacer públicos detalles del trabajo de investigación que llevó a cabo en Nuevo León. Sólo dice que ``los informes que obtuvimos del cártel nos permitió capturar en junio de 1994 a Raúl Valladares del Angel en un restaurante de Monterrey''.

Con esos antecedentes y más de 20 años de experiencia en la policía federal mexicana, Brunt Acosta fue llamado en enero de 1995 para hacerse cargo de la Dirección de Inteligencia del INCD.

``Sólo hasta que estuve en el instituto empezó formal y oficialmente un trabajo que concluyó un año después, cuando capturamos a Juan'', puntualiza.

En ese lapso, asegura, ``fuimos desbaratando la organización con la captura de los hombres clave de García Abrego. Todas las pistas, por lo demás, nos llevaban a un lugar común: Monterrey, ciudad donde detectamos muchas operaciones relacionadas con el cártel del Golfo''.

Algunas de esas operaciones descubiertas ``las dejamos pasar, porque nuestra idea era capturar a los jefes, a los operadores''.

Y Brunt Acosta cuenta lo que se logró de esa manera: ``En enero de 1995 detuvimos a Luis Ferrel o Alejandro Durón, quien era el contacto con Guatemala y Colombia para el tráfico de cocaína; luego, en mayo de ese mismo año, detuvimos en Naucalpan a José Luis Sosa Mayorga, y en agosto, en Monterrey, a Adolfo de la Garza. Estos dos, los hombres fuertes de García Abrego, los operadores, los que ajustaban las cuentas para que la organización funcionara''.

Con ellos en prisión, ``sólo faltaban Juan y Oscar (Malherbe de León)''.

Los hombres reales

Conforme transcurrió la entrevista, Brunt Acosta pidió la presencia del comandante Jorge Ortega de Riquer, su más cercano colaborador y participante también en el operativo leyenda que permitió la captura de García Abrego.

Habla Ortega de Riquer: ``Cuando tuvimos enfrente a aquellos personajes nos dimos cuenta que era muy distinta la leyenda que se contaba de los hombres reales que enfrentamos''.

Abunda: ``En ninguno de los casos de los que hablamos (Sosa, De la Garza, Ferrel) se utilizó la violencia para detenerlos. Ninguno era ostentoso o amenazante. Ni tampoco viajaban en los modernos vehículos blindados, custodiados por gatilleros. Nada de eso''.

--¿Es culpa de los medios la creación de ese tipo de figuras cuando hablamos de los narcos?

--No, nosotros tampoco sabíamos a ciencia cierta nada ellos. Indudablemente tenían dinero para traer vehículos blindados y rentar aviones. Pero el hecho es que cuando nosotros detuvimos a la gente del cártel del Golfo, no eran lo que dice la leyenda. Fue algo inesperado hasta para nosotros.

Interviene Brunt para precisar: ``A Valladares lo detuvimos en El rey del cabrito, solo, sin guardaespaldas; a Sosa hablando desde un teléfono público en Naucalpan, llevando en su bolsa 300 pesos; a Ferrel circulando abordo de un vochito por el rumbo de Topochico, en Monterrey...''.

A Sosa, recuerda por su parte Ortega de Riquer, ``tuvimos que poner dinero de nosotros para mandar traer a su esposa, porque él nos pedía insistentemente verla. Lo pidió de tal manera conmovedora que mandamos por ella''.

Así eran estos hombres reales, más allá de la leyenda, dice Brunt Acosta y cuenta que en el avión en el que trasladaron a Juan García Abrego de Monterrey al Distrito Federal, le preguntó al llamado barón de Matamoros:

--¿Juan, por qué no traías guardaespaldas, no era mejor para ti?

--No --le contestó el capo--, eso hubiera sido una pendejada. ¿Para qué traer gente si lo mejor es pasar desapercibido?

Respetar a sus familias, una regla

No olvida, ``ni olvidaré nunca'', dice el comandante Horacio Brunt Acosta, la noche del 14 de enero de 1996 cuando encaró al capo del cártel del Golfo. Y recuerda algunas reglas que cumplió durante los casi tres años que anduvo tras la pista de García Abrego:

``No meternos con sus familias, eso era fundamental; no provocar enfrentamientos; ceñirnos a una investigación siguiendo pistas, identificando personajes, revisando expedientes. A una organización inteligente habría que combatirla con inteligencia''.

Dice Ortega de Riquer que con el tiempo se dieron cuenta de ``la gente'' a la que frecuentaba García Abrego. ``Mejor no decir nombres, unos tal vez sean inocentes; otros podrían tener algo que ver con la organización y, por lo mismo, lo más prudente es mantenerlos en el anonimato''.

Sobre la norma de no meterse con sus familias ni provocar enfrentamientos, Brunt Acosta considera que eso les permitió avanzar ``enormidades'' en su trabajo.

Ortega recuerda que en una ocasión cuando tenían ubicado a Adolfo de la Garza, ``preferimos detener el operativo para capturarlo, porque a la casa donde llegó había una fiesta y él estaba acompañado por su familia. No tenía caso entrar ahí, ese no era el objetivo''.

24 horas sin comer; dos claves, blanco y siete

Alrededor de las 5 de la mañana del domingo 14 de enero de 1996, 14 integrantes del INCD, comandados por Brunt Acosta, se internaron en la finca que Juan García Abrego tenía en la localidad de Villa de Juárez, Nuevo León.

Salvo Ortega de Riquer y Brunt Acosta, el resto de los agentes policiacos iban cubiertos con pasamontañas negros. Cada uno tomó su posición. Nadie debía actuar sin instrucción.

``Lo esperamos 14 horas sin saber si llegaría, si lo haría solo o, como contaba la leyenda, en una Suburban, custodiado por 15 guardaespaldas fuertemente armados... La verdad nunca supimos a ciencia cierta cómo se desplazaba Juan'', reconoce Brunt.

Y si esas 14 horas no comieron, los 15 agentes al mando de Brunt tenían prohibido probar cualquier alimento desde la mañana del sábado. La razón la explica el comandante: ``Cuando llegáramos a la casa de Juan, cada quien tomaría su posesión y no se iban a mover para nada, hasta que llegara... si llegaba. Entonces, no podíamos arriesgarnos a que se detectara nuestra presencia porque a alguien se le ocurriera ir al baño, por ejemplo.

``Sólo entraríamos en acción cuando en nuestros radios se escucharan las únicas dos claves que utilizamos en el operativo: blanco y siete. La primera significaría que llegó; la segunda, que entraríamos en acción para rodearlo''.

Todos, apunta Brunt, respetaron las reglas ``y cuando Juan descendió de la Chevrolet pick up en la que viajaba y trató de correr, nadie se precipitó para disparar... ¡Imagínese si alguien le dispara y lo mata! ¿Sabe dónde estuviera yo? ¿Sabe lo que se hubiera dicho de mi?

--¿Esperaban que llegara solo?

--No sabíamos cómo iba a llegar. No sabíamos si llegaría. No sabíamos nada. Teníamos una idea, pero nada más.

--¿Cómo tuvieron idea de que, tal vez, ese día llegaría a esa casa?

--Eso no se lo vamos a decir. Hay cosas que no se pueden decir, no públicamente.

--Cuando lo detuvieron, ¿qué les dijo?

--Preguntó primero que quién era el responsable. Cuando le dije que yo, me pidió que no lo golpearan, me pidió que le dijera a dónde lo llevarían. Me dijo que yo respondía por su vida.

Eran las 19:30 horas del domingo 14 de enero. Brunt miró entonces al capo: ``No te preocupes, no te vamos a golpear, pero no vayas a hacer alguna tontería, no intentes escapar de nuevo''.

En el avión que lo trajo a México, García Abrego sólo habló para agradecerle a Brunt ``por no haberlo golpeado, por no haberlo matado''.

--¿Temía realmente por su vida?

--Al grado de que cuando llegamos al INCD y lo entregamos nos dio la mano y volvió a agradecernos por la forma en que lo tratamos y por no habernos metido con su familia...